Si se nos pidieran ejemplos históricos de persecución del cristianismo, muchos de nosotros mencionaríamos los primeros siglos de la era cristiana, el tiempo en el que muchos mártires murieron a manos de las autoridades del imperio romano. Pero, probablemente, pocos recordaríamos el sufrimiento de los esclavos afroamericanos que durante más de 3 siglos (XVI-XIX) fueron secuestrados, transportados como ganado, tratados como animales, separados de sus familias y obligados a trabajar en condiciones infrahumanas, en el mundo del hombre blanco que legitimaba la esclavitud, la opresión y la violencia sobre la raza negra, en el nombre de no se qué clase de Dios cristiano.
Los buenos esclavos debían contentarse con su destino, sujetarse a las órdenes de sus amos y dueños, y estar dispuestos a esperar hasta que la muerte los liberase de sus cadenas para recibir la recompensa. Sin embargo, el mensaje evangélico que los esclavos oyeron y asimilaron fue distinto. A pesar del mensaje evangélico manipulador y legitimador de las estructuras socio-religiosas de los blancos, los esclavos negros escucharon y acogieron otro evangelio liberador creyendo que Jesús murió y resucitó para traer vida, libertad y justicia a todas las personas, esclavas o libres, blancas o negras, pobres o ricas. La percepción que tuvieron los esclavos de que ese Dios era el libertador de los oprimidos, les proporcionó el incentivo y las fuerzas necesarias para luchar por la libertad.
La religión de los esclavos fue configurada por dos acontecimientos bíblicos de extraordinaria magnitud: El éxodo del pueblo de Dios en tiempos de Moisés, la liberación de Egipto y la cruz y la resurrección de Jesús de Nazaret. Los esclavos se identificaron de inmediato con los hijos de Israel esclavizados en Egipto. El clamor de los esclavos hebreos era su clamor; el anhelo de liberación, su anhelo. El desenlace de la historia les aseguraba que Dios estaba de su parte y creer en eso significaba negarse a aceptar el infierno en la tierra. Para los esclavos, creer en el futuro desde la esperanza en la resurrección de Cristo significaba aquí y ahora anticipar con su modo de vivir y sentir la vida, la libertad y la justicia.
“… Atribulados en todo, pero no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2ª Co. 4:8-10).
Podían ser esclavos, humillados y oprimidos, pero ningún amo humano lograría jamás que dejasen de sentirse personas con dignidad, liberadas, recibidas y acogidas por el Rey de Reyes y Señor de Señores. Y esa idea no se convirtió en un “tranquilizante” a modo de opio entontecedor de sus conciencias, sino en una convicción de vida, fe y esperanza convertida en letra y música gospel. No sabían leer ni escribir, pero aprendieron y proclamaron el evangelio cantándolo.
Nosotros, los cristianos de las siguientes generaciones, somos de algún modo la memoria hecha música de millones de hermanos nuestros que vivieron y murieron cantando con honor y legitimidad: vida, libertad y justicia. Hoy cantamos, gritamos y proclamamos lo mismo:
Vida, libertad y justicia para las mujeres maltratadas.
Vida, libertad y justicia para los niños abusados.
Vida, libertad y justicia para los pobres de la tierra.
Vida, libertad y justicia para los sin techo.
Vida, libertad y justicia para las familias de víctimas el terrorismo.
Vida, libertad y justicia para los supervivientes de las grandes catástrofes que asolan nuestro mundo (Haití, Chile, Indonesia, Somalia, Sudán…)
“A veces estoy arriba y a veces estoy abajo; y algunas veces hasta estoy por los suelos. Nadie sabe las tribulaciones por las que yo he pasado, nadie las sabe, sino Jesús” (Texto de una canción gospel). En él (Jesús) está nuestra esperanza a través de la vida y después de la muerte. Por eso, cuando se canta gospel se ora, se recuerda, se proclama, se denuncia y se resiste
Eduardo Delás,
Fuente: lupaprotestante.com
Comentarios recientes